Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Ada o el ardor

La esperanza de los comunes es que el ‘procés’ termine, lo que no garantiza que las cosas irán mejor porque sería razonable que se reconstruyera el PSC

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el líder del PSC, Jaume Collboni, en un Pleno del Ayuntamiento.
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el líder del PSC, Jaume Collboni, en un Pleno del Ayuntamiento.

Sí, ya sé, aludir al título de la novela de Nabokov para hablar de Ada Colau es casi una obviedad. Pero no veo otra manera de describir con más precisión la narrativa que ha propuesto el bloque de los comunspara las elecciones del próximo 21 de diciembre. Ante el ardor coercitivo de la aplicación del artículo 155 y el ardor mesiánico del independentismo unilateralista, Ada Colau —que no se presenta como cabeza de lista pero cuya figura concurre simbólicamente a varios niveles en estas elecciones— emerge como una especie de ángel salvador alejado de los dos calores insoportables.

Se trata de una narrativa favorable para la figura de Colau: la presenta como alguien que cultiva la virtud de la razonabilidad, de la templanza, frente a la desproporción de los demás.

Pero la realidad es más cruel. Ada o el ardor no parece ser tanto una elección meditada de los comuns como el único espacio electoral que nadie está explotando. Incapaz de construir un perfil propio en el procés por la incomodidad que genera entre su gente los términos binarios sobre los que aquél está construido, a Colau no le queda más remedio que dejar que sean los supuestos dos bloques —los dos ardores— los que construyan su perfil. “Ada o el ardor” es el remanente que deja la DUI del 27 de septiembre y la adhesión del PSOE a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Lo que en un principio pudiera parecer una virtud —presentarse como un punto intermedio temperado entre dos extremos— termina por ser una necesidad. Y, en política, tiene recompensa hacer de la necesidad, virtud; al revés, como sugieren las encuestas, más bien pálidas para los intereses de los comuns, no acostumbra a funcionar.

Por ello, “Ada o el ardor” no es una estrategia ganadora en ningún sentido. Es una estrategia, en el mejor de los casos, para la supervivencia hasta que pase la tormenta. Sin la iniciativa —y en el eje catalán Colau no la tiene— los compromisos políticos que uno adquiere están básicamente orientados a minimizar los daños para que éstos no se conviertan en letales.

Lo tienen difícil los comunes para salir de esta situación. El procés es una máquina de destruir partidos políticos que fueron creados —entre otras cosas— para no tener que decidir en los términos que han configurado la semántica de la política catalana estos últimos cinco años. La esperanza de los comunes es que el procés termine. Pero tampoco esto garantiza que las cosas irán mejor, pues sin el procés eso que los independentistas llaman bloque del 155 (y cuya heterogeneidad invita en realidad a abandonar la etiqueta) se diluye y resulta razonable prever la reconstrucción del PSC, con el que aparentemente los comuns comparten potenciales votantes. Dado que el PSC aún conserva mucho poder en el área metropolitana, no es improbable que en un futuro no tan lejano esté en condiciones de disputar e incluso arrebatar el espacio de los comunes en Barcelona.

En este sentido, la ventaja del PSC será que habrá entendido mejor la lección del leninismo: el poder también consiste en ocupar espacios institucionales, en ir ganando terreno e influencia en aquellos lugares que son centros de toma de decisiones políticas. Los comunes, quizá porque se han centrado mucho en una concepción del poder político que va desde abajo hacia arriba, a ratos parecen olvidar la vieja lección de Lenin. No se puede entender de ningún otro modo un movimiento tan torpe, desde el punto de vista estratégico, como el de romper el pacto de gobierno en Barcelona, pacto que constituía, a medio plazo, la manera más natural de adquirir influencia en el área metropolitana, que es, creo, donde más pueden crecer.

Se entrevé en ese movimiento un acercamiento a ERC que quizá se traduzca en acuerdos en la Generalitat y en el Ayuntamiento. Quizá se está ensayando un reparto: Cataluña para ERC, Barcelona para Ada Colau. Pero ERC es un partido volátil, con una concepción sentimentaloide de la política que contamina todo lo que toca con el virus de la inestabilidad. Si ese es el principal compañero de fatigas de Ada Colau, es probable que le ocurra lo mismo que le ocurrió a Maragall, a Montilla, a Convergència y, ahora, al PDeCat, que se apoyaron sobre ERC y terminaron devorados por la histeria en la que parece instalarse la política catalana cada vez que ERC se acerca al poder.

Pau Luque es profesor de Filosofía del Derecho en la UNAM.