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OPINIÓN

Dudas razonables

Rajoy y Puigdemont acumulan preguntas pendientes de respuesta y la obligación de disipar las dudas que su empeño ha instalado

Mariano Rajoy en una gala de Foment, en Barcelona.
Mariano Rajoy en una gala de Foment, en Barcelona.

“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos”. Benavente denunciaba así el intento de manipulación del poder. Un siglo más tarde sigue vigente. ¿Qué ha pasado? Mucho, demasiado, todo. Sucede, no obstante, que la capacidad de adaptación del ser humano es tan potente que se extiende con rapidez a la colectividad a la que pertenece. Y aunque la situación política, económica y social es hoy una sombra de lo que fue y una incógnita de lo que será, la lucha por la supervivencia hace que el ciudadano se amolde a las circunstancias como la horma al zapato. O al sombrero. ¡Qué remedio!

Pero la procesión va por dentro. La normalidad de una calle concurrida, un paseo tranquilo, una terraza de bar llena y el deseo de felicidad no presupone que aquí no pase nada. Solo evidencia que hacer de la necesidad virtud se ha convertido en una obligación cuando hay tanto que perder. Que separar el grano de la paja es tan imprescindible como diferenciar lo público de lo privado y que, como cantó Machín, se pueden tener dos amores a la vez y no estar loco. Pero esto es lo que inquieta a los políticos, la cordura ciudadana. Especialmente, ante una campaña que será mucho más que eso. Será el plebiscito real que, a su vez, alumbrará otras consultas. Será la prolongación del pulso, el blandir de los recelos, el intercambio de los reproches, el ajuste de cuentas y el último capítulo de la serie que anuncia nueva temporada.

Es cierto que insistir en esa aparente normalidad es lo que el Gobierno español persigue para demostrar que son los secesionistas quienes la alteraron. Y denunciar el conformismo es lo que el independentismo seguirá haciendo para recordar de dónde venimos, qué ha sucedido y, sobre todo, dónde estamos. Los hechos lo ratifican. Rajoy estuvo en Barcelona con los empresarios y les dijo que todo estaba regresando a la realidad que nunca debió truncarse y que las elecciones lo demostrarán. ¿Ingenuidad o desconocimiento? Les pidió recuperar la confianza y que regresen las compañías que se han llevado. La réplica de Puigdemont desde Bruselas evidencia la anormalidad de la situación: apela a la aplicación del 155 como obviedad incontestable y le reta a un debate allí mientras tilda los comicios de los más trascendentes de la historia.

Su decepción apunta a un referéndum sobre la pertenencia europea que después intenta matizar. Y lo paradójico es que, mientras, uno y otro coinciden en demostrar que la tranquilidad es aparente y el orden una ficción. Porque ambos acumulan preguntas pendientes de respuesta y la obligación de disipar las dudas razonables que su empeño ha instalado. Rajoy, porque minimizó el riesgo cuando no lo ridiculizó y evitó así la contraoferta imprescindible para paliar el descontento, aún palpable. Puigdemont, porque no evaluó correctamente la fuerza de un Estado pensando que nunca se llegaría tan lejos y que una reacción a tiempo dulcificaría su apuesta. La prueba la tenemos en la improvisación que acompañó a su marcha y en el pulso que le ha hecho a su partido castigado por enésima vez. Ambos presidentes empezaron como si se tratara de los retos de unos alocados rebeldes sin causa, pensando que frenarían a tiempo, y acabaron en el despeñadero de Thelma y Louise, solo que por sus irreductibles posiciones contrapuestas y sin la voluntad compartida de las protagonistas.

No obstante, los recelos que aguardan el resultado de las urnas no son patrimonio exclusivo de quienes tenían la última palabra para evitar el desaguisado. Todos los partidos producen los suyos porque ninguno ha estado a la altura de las circunstancias. Y convertidos en enaltecedores más o menos convencidos o en cómplices más o menos decididos, se han visto arrastrados por una situación de la que los potenciales beneficios que puedan sacar en votos serán desproporcionados a la inversión hecha. Ante este panorama se sitúa la gran mayoría del electorado. Deshojando la margarita de sus vacilaciones. Sabiendo que, ante el gran reto de diciembre, debe decidir, ahora sí, con la cabeza, aunque no pueda eludir los latidos del corazón. Y que pensar en el día después es lo que debe presidir su audacia, porque los problemas que provocaron el conflicto siguen sin resolverse y habrá que hacerlo. Será entonces cuando se decida nuestro futuro. Un tiempo que no puede ser de borrón y cuenta nueva, pero tampoco de intrépidas aventuras ahora lamentadas. De fondo, el bolero: en mí quedó la noche gris de la desesperanza cruel cubriendo la infinita nostalgia del ayer.