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Después del 'procés'

Las elecciones catalanas del 21-D deben permitir elegir mejores gobernantes

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto al primer secretario del PSC, Miquel Iceta, en el Consejo de la Internacional Socialista este jueves.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto al primer secretario del PSC, Miquel Iceta, en el Consejo de la Internacional Socialista este jueves. EFE

En su acepción más rudimentaria, la democracia es el sistema que permite a los ciudadanos echar a los malos gobernantes y poner en su lugar a otros que puedan hacerlo mejor.

El detallado relato que este diario publica hoy sobre cómo el cesado Puigdemont fue incapaz de encontrar el coraje político para convocar elecciones autonómicas a pesar de tener todas las garantías de que con ello evitaría la aplicación del artículo 155 no deja duda alguna sobre el desastre absoluto que ha sido su gestión y la de sus socios de gobierno. La improvisación, la imprudencia y la negligencia del cesado Govern han llevado a Cataluña a un retroceso histórico en el autogobierno, la convivencia, el prestigio y el bienestar: a la ciudadanía corresponde ahora juzgar si los responsables deben seguir o marcharse.

Después del 21-D, Cataluña va a necesitar líderes de altura; políticos capaces de dejar a un lado los intereses personalistas y de partido, capacitados para pactar y, sobre todo, competentes para restaurar la maltrecha convivencia ciudadana. Esta es una de las evidencias que se abren paso entre la multitud de incertidumbres que arroja la encuesta preelectoral de Metroscopia que hoy publica este periódico.

Es fundamental reconocer que la vía de la ruptura unilateral ha fracasado y está agotada

Porque frente a la complicación que supondría el posible empate técnico el 21-D entre los partidos independentistas o separatistas y los llamados constitucionalistas, lo importante, sea quien sea quien gobierne, es reconocer que el procés, entendido como la apuesta por la ruptura unilateral, ha fracasado y está agotado.

El escenario que estas elecciones perfilan va a ser muy distinto del vivido en los últimos cuarenta años, y ello a pesar de que la correlación de fuerzas entre independentistas y constitucionalistas quizá no varíe sustancialmente. ERC, un partido que ha sido en ocasiones residual puede convertirse, por vez primera en esta democracia, en el partido más votado y Ciudadanos, formación de nuevo cuño, puede consolidar su segunda posición recabando votos procedentes de su derecha y su izquierda. Junto a ello, el 21-D puede visualizar el derrumbe de la antes hegemónica Convergencia (hoy Junts per Catalunya), hundida en la corrupción y sentenciada por la ineptitud de dos de sus peores líderes: Artur Mas y Carles Puigdemont.

La mayoría de los catalanes ambiciona una negociación con el Gobierno central que mejore el denominado “encaje” de Cataluña en España, pero este sondeo indica que, antes de ello, el desafío principal es que los catalanes resuelvan entre ellos sus dificultades y desencuentros. La situación, tras el devastador desafío independentista, ha polarizado como nunca a la sociedad catalana y ha supuesto una gravísima crisis del Estado español.

Estas próximas elecciones autonómicas son las más importantes, probablemente, desde 1980. Pero no todos parecen estar a la altura. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, por ejemplo, llama a superar “la dinámica de bloques”, lo que sería muy positivo, pero niega de antemano cualquier posibilidad de pacto con Ciudadanos por “ser la media naranja del PP”. Con ello empuja al PSC de Miquel Iceta, que según el sondeo podría mejorar sus resultados el 21-D, a un callejón sin salida justo cuando este ha pergeñado una lista transversal y pluripartidista en la que domina, en línea con el sentimiento mayoritario de los catalanes, el deseo de enterrar definitivamente el rupturismo unilateral de los independentistas y la dinámica de conflicto que han impuesto a una sociedad exhausta.

La negativa de Sánchez a pactar con Ciudadanos empuja al PSC a un callejón sin salida

La posición de Sánchez no solo no facilita los acuerdos sino que es incoherente: rechaza a Ciudadanos por derechista al tiempo que busca beneficiarse de los votos de los herederos de la formación conservadora Unió Democrática. Sánchez debería aclarar sus ambiciones para Cataluña porque este sondeo indica también que sus ciudadanos quieren certezas, no más incertidumbres.

Respecto al Partido Popular de Cataluña, el sondeo dibuja el probable hundimiento del partido del Gobierno que, tras años de inacción, se ha visto obligado a aplicar el artículo 155. El 21-D puede convertir al PPC en un partido residual (junto a los anticapitalistas de la CUP) frente a un Ciudadanos premiado por su firme posición. El PP necesita una reflexión profunda. La mayoría de los españoles, así como la de los catalanes, aplaudieron su convocatoria de elecciones en el marco del 155, pero a sus indecisiones se suman la corrupción y la falta de palabra, bien para reformar la Constitución, bien para negociar una mejor y más justa financiación autonómica, asunto este especialmente sensible en Cataluña, pero no solo.

De igual manera, el electorado catalán parece dispuesto a castigar la ambigüedad de Catalunya en Comú-Units Podem, que cuenta con amplias simpatías en el electorado independentista a pesar de la voluntad de sus líderes de quedar al margen. Solo su posible papel de árbitro, resultado de la pura aritmética, le rescataría de la irrelevancia.

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