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Para lo que no estábamos preparados como sociedad era para descubrir que tanta subconsciencia es criminal y repugnante

Una multitud fotografía un acto con su móvil. rn rn
Una multitud fotografía un acto con su móvil.

Con las redes sociales nos pasa que andamos preguntándonos si mejoran la convivencia, si son útiles, si engrandecen o disminuyen la capacidad de raciocinio de las personas. No nos cabe duda de que han agilizado el comercio, la inmediatez y los latigazos de la opinión pública. Al transportar el móvil encima nosotros somos receptores perpetuos, emisores constantes, ofrecemos un volcado de intereses para quien quiera especular con ellos. En los últimos tiempos hemos descubierto incluso que el móvil sirve para que exhibamos nuestro subconsciente. Hasta ahora el subconsciente era una cosa que uno guardaba para sí, incluso ni uno mismo era capaz de acceder a él y en ocasiones tenía que recurrir a la hipnosis, al alcohol o a la psiquiatría. Sacar a la luz el subconsciente era una tarea de desinhibición que llevaba un esfuerzo a ratos dramático, como si uno se tuviera que intervenir con bisturí en sus propias vísceras. Pero gracias al teléfono móvil el subconsciente está ahora en las redes, en los chats, en el mensajeo más cotidiano.

Sorprende incluso la facilidad con la que demasiadas personas se retratan en público o en esa privacidad fingida de las redes. No les da reparo sacar su preconsciencia a pasear en exhibición grotesca. Ni siquiera hace falta que un juez ordene la intervención de las llamadas y asistamos a esas conversaciones que forman parte de la nueva era del destape. Si se han fijado, al desnudo robado en una playa le han sucedido los desnudos conversacionales filtrados desde sumarios e investigaciones. Es el nuevo porno, asomarse a la intimidad de dirigentes, corruptos, conseguidores y gañanes. Pero existe ese otro destape voluntario que es el de ver el subconsciente de muchos sacado a pasear.

Todos esos celebrantes de la muerte de alguien, todos esos justicieros de las redes, todos esos enfermos de protagonismo lo que nos muestran es su subconsciente hasta detrás del chiste más peregrino, del comentario más inane, del insulto más chocarrero. Toma mi subconsciente, nos dicen. Los policías madrileños que se declaraban nazis y asesinos con orgullo mostraban un subconsciente que no fue capaz de detectar ni el más experto responsable de hacerles el test psicotécnico que los habilitó para ser servidores públicos armados. Lo mostraron sin represión en su chat. He ahí mi subconsciente. Los violadores, los que superan los límites de tráfico, los que matan animales indefensos, cualquier transgresión si no se vuelca en la red carece de potencia. Para lo que no estábamos preparados como sociedad era para descubrir que tanta subconsciencia es criminal y repugnante. Es bueno verla, aunque el asco sea notable.

 

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