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Escepticismo constitucional

Para el proceso de reforma, se necesitarían políticos que pudieran armar y conciliar coaliciones amplias de intereses entre generaciones, territorios y partidos

Consejo asesor para la conmemoración del 40 Aniversario de la Constitución el pasado lunes en el Congreso.
Consejo asesor para la conmemoración del 40 Aniversario de la Constitución el pasado lunes en el Congreso. EFE

Que me perdonen los constitucionalistas. Ya digo de antemano que no rechazo sus propuestas de reforma de nuestra Carta Magna. Todo lo contrario: nada me gustaría más que nuestros políticos, rendidos ante la evidente sabiduría que destilan sus propuestas, se afanaran en llevarlas a cabo de la mejor y más rápida manera posible.

Pero mucho me temo, y en nada me gustaría más equivocarme, que tardaremos un rato largo en ver esas recomendaciones plasmadas en un renovado texto constitucional ratificado por una amplia mayoría de partidos políticos, refrendado por una igualmente amplísima mayoría de ciudadanos y alabado como un éxito colectivo sin igual que graciosamente nos conceda otros 40 años de libertad, prosperidad y admiración internacional.

Aclaro. Si la reforma ni siquiera arranca, no será culpa suya. Los juristas tienen que señalarnos los fallos técnicos que debemos corregir y los eventuales parches que aplicar. Pero lo que vamos a necesitar a partir de ahora son ingenieros políticos, “desarrolladores de producto” les llaman ahora en las empresas. Y empresarios políticos, “emprendedores”, les dicen. Y expertos en comunicación política y marketing electoral. Se requieren líderes capaces de generar el costoso capital político necesario para invertir en ese proceso de reforma constitucional, políticos que puedan armar y conciliar coaliciones amplias de intereses entre generaciones, territorios y partidos, y llevar ese proceso a una ratificación con garantía de éxito. ¿Ustedes los han visto por algún lado?

El ejercicio que se plantea ahora tiene, además, algunas diferencias sustanciales con respecto al 78. Primero, que allí había un vacío que rellenar. Se trataba de cambiar una dictadura por una democracia, así que el statu quo —“dejar las cosas como están”— no era una opción, ni siquiera para los franquistas. Segundo, en el 78 el miedo tuvo un efecto positivo: en ausencia de pacto, se volvía al conflicto —la Guerra Civil— que había dado origen a la dictadura.

Ahora no hay consenso. Unos quieren reformarla un poco, otros profundamente, y otros quieren rehacerla por completo, lo que lleva a muchos a querer no arriesgarse. Así que el miedo juega del lado del futuro, no del pasado. ¿Cambiar de Constitución sin cambiar de políticos? ¿Cómo se hace? @jitorreblanca

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